“Dios me salvó la vida dos veces”
Jobita Mandujano nació en Cerro de Pasco y es la quinta de nueve hermanos.
Desde muy pequeña trató de salir adelante y escapar de un entorno de violencia y familiar. Si bien, su padre se esforzaba trabajando en una reconocida mina para mantener a su familia, él descuidaba el amor fraternal que necesitaba su hogar.
Cada fin de semana su padre gastaba casi todo el dinero que ganaba en diversiones banales, lo que obligaba a su madre a trabajar arduamente para suplir las necesidades suya y de sus hermanos.
El corazón de la pequeña Jobita guardaba mucho dolor y resentimiento. Su hermana mayor escapó con un muchacho y la furia de su padre incluso lo hizo decir que “las mujeres no sirven”.
Saliendo de la escuela consigue trabajar, generando un ingreso más para su familia. Sin embargo, los problemas continuaban por casa.
Es así que encontró refugio emocional en un profesor del colegio, a quien le contaba sus problemas. Este le propuso escaparse con ella, casarse con ella y que él la mantendría.
Luego de unos días, el profesor llegó a su casa totalmente ebrio y le dijo a su padre: “Yo me voy a casar con tu hija”.
El padre de Jobita decidió enviarla a la ciudad de Lima.
Ella sufría porque sabía de los constantes golpes que recibía su madre por parte de su padre.
Vivió junto a su tía, y comenzó a trabajar. Entre sus múltiples empleos, llegó a laborar en una casa de estadounidenses donde la apoyaron en terminar sus estudios.
En medio de una vida juvenil llena de libertinaje, Jobita no imaginaba que su abuela estaba orando por ella.
Al pasar el tiempo, su hermano recibe a Cristo, y comenzó a predicarle sobre aquel Dios vivo que había conocido.
Es así que Jobita empezó a asistir al templo sólo los domingos, sin compenetrarse tanto, porque creía que Dios no había hecho nada para librar a su hogar de la destrucción.
Las amistades la invitaron a una discoteca donde iban a consumir drogas. Ella pensó que eso la ayudaría a olvidar sus tristezas.
Cuando salía esa tarde para reunirse con sus amigas, un auto la atropelló. Sentía que su alma descendía a lo más profundo y sólo atinó a decirle a Dios: “Dame una oportunidad, dame una oportunidad”.
Al despertar estaba en el Hospital Hipólito Unánue y su hermano convertido a Cristo fue el único que llegó al nosocomio a cuidar de ella.
Parecía que todo iba a cambiar, Jobita había dispuesto su corazón para seguir a Cristo, pero no perseveró.
La voz de Dios
Viajó a la sierra y conoció a alguien con quien planificó casarse. Pero la muerte de su madre cambió todos los planes.
Con el transcurrir de los días, una joven se comunicó con ella y le informó que estaba embarazada de su entonces novio. Jobita decepcionada corrió al puente más próximo para lazarse y terminar con su vida. Es ahí donde escucha una voz dulce quien le dice: “No lo hagas”. Ella queda paralizada y regresó a su casa entre lágrimas.
Desde ese día comenzó a buscar a Dios y en el trabajo sintonizó un canal donde se trasmitía la Hora de la Transformación con el reverendo Rodolfo González Cruz quien dijo estas palabras: “Tú que quieres suicidarte, tú que has probado muchas cosas… acércate a Cristo”, y ella llorando abrió su corazón, fue a la casa de Dios y entregó su vida al Jesucristo.
Desde esa tarde rompió con todo compromiso secular y junto a su hermano ayudó a criar a sus cuatro hermanos menores.
Hasta el momento el Todopoderoso le ha mostrado que sigue siendo el mismo ayer, hoy y por los siglos porque él es un Dios de amor, ella ha prosperado y tiene muchos planes personales y espirituales para su vida.